La otra cara del Mundial 2026: seguridad, boletos caros y el negocio detrás de la Copa

Para nadie es nuevo que esta edición del Mundial será histórica, que promete romper récords de asistencia, ingresos y exposición global. Sin embargo, cada sede enfrenta desafíos muy distintos y tres maneras distintas de entender el deporte y de enfrentar un evento global. Detrás del discurso de integración y celebración existe una realidad marcada por contrastes. México, Canadá y Estados Unidos llegan al evento desde contextos políticos, económicos y culturales completamente distintos.

Mientras México apostará por el peso de su legado futbolístico y por la conexión emocional que mantiene con los Mundiales. Canadá buscará consolidar una pasión deportiva que apenas comienza a expandirse. Y Estados Unidos convertirá el torneo en una plataforma de entretenimiento, consumo a escala masiva.

Para ser más específicos, México llega al Mundial con un elemento que ninguna otra nación puede presumir. Ser el primer país en albergar tres Copas del Mundo. El histórico Estadio Azteca, que durante el torneo llevará el nombre de Estadio Ciudad de México por lineamientos comerciales de FIFA, vuelve a convertirse en el epicentro de la conversación internacional.

Pero el simbolismo no ha logrado ocultar los problemas que han rodeado la preparación del torneo. Los retrasos en la remodelación del inmueble provocaron cuestionamientos sobre la capacidad de organización y planeación de uno de los proyectos más importantes rumbo a 2026. A esto se añadió la polémica relacionada con los derechos de palcos y plateas, un conflicto que expuso tensiones entre los organizadores y los propietarios de estos espacios.

Aunque el desafío más delicado para México ha sido la percepción internacional sobre la seguridad. En los últimos meses, diversos medios extranjeros han señalado la preocupación que existe alrededor de la violencia vinculada al crimen organizado y el impacto que esto podría tener durante el torneo. Especialmente cuando todos los medios de comunicación se llenaron con notas por el caos provocado por la captura de Nemesio Oseguera Cervantes, ‘El Mencho’.

La presión no es únicamente deportiva o logística. El Mundial funciona también como una prueba de reputación internacional. México busca mostrarse como un país capaz de garantizar seguridad, movilidad y operación eficiente para millones de visitantes en medio de un contexto complejo.

En el fondo, México llega a este torneo entre la nostalgia y la presión. Con el orgullo de su historia futbolística, pero también con la conciencia de que organizar un evento de esta magnitud representa uno de los mayores retos de su historia reciente.

Mientras que la experiencia canadiense será completamente distinta. Para Canadá, el Mundial representa más una oportunidad de transformación cultural que la continuación de una tradición futbolística consolidada. Aunque el interés por el futbol ha crecido de manera importante durante la última década, el deporte todavía se encuentra detrás del hockey, el basquetbol y el futbol americano en términos de impacto nacional.

Existe además un detalle simbólico que conecta directamente al país con México. La primera participación de Canadá en una Copa del Mundo ocurrió precisamente en México 1986. Aquel torneo marcó el debut absoluto de la selección canadiense en el escenario mundial, y 40 años después, el país de la hoja de maple pasará de ser un participante debutante a convertirse en anfitrión.

Toronto y Vancouver se preparan para recibir sus primeros partidos mundialistas bajo una lógica distinta a la estadounidense. Las autoridades canadienses han intentado mantener una postura más regulada frente al negocio deportivo. En Ontario, por ejemplo, se impulsaron restricciones para evitar la reventa de boletos por encima de su precio original y contener la especulación.

En cuanto a Estados Unidos, este encara el Mundial desde una dimensión completamente comercial. El torneo llega en medio de preocupaciones relacionadas con inflación, aumento en el precio de la gasolina y presión sobre el costo de vida, factores que inevitablemente terminaron alcanzando también al futbol.

La principal polémica ha girado alrededor del precio de las entradas. Diversos especialistas consideran que 2026 podría convertirse en la Copa del Mundo más cara de la historia. Las críticas aumentaron después de que el presidente Trump declarara públicamente que no pagaría más de mil dólares por asistir a un partido de la selección estadounidense.

Y la controversia creció todavía más cuando se anunció que el trayecto ferroviario entre Nueva York y el estadio MetLife tendría costos varias veces superiores a los habituales durante el torneo. Aunque posteriormente las tarifas fueron ajustadas, el episodio reforzó la percepción de que el Mundial en Estados Unidos estará marcado por precios prohibitivos.

Andrew Giuliani, Director Ejecutivo del Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para la Copa Mundial de la FIFA 2026, defendió la estrategia argumentando que los altos costos son consecuencia directa de la enorme demanda internacional.

A esto se suma el sistema de precios dinámicos implementado por FIFA para la venta de boletos. Bajo este modelo, las tarifas cambian constantemente según la demanda y algunos asientos para la final ya alcanzan cifras cercanas a los 18 mil dólares.

Estados Unidos llega como el gran motor económico del torneo y como la principal potencia comercial de la Copa del Mundo. Pero también como el reflejo de un futbol cada vez más convertido en experiencia premium, donde asistir a un partido puede resultar inaccesible para millones de aficionados.

El negocio del Mundial 2026

Detrás de la pasión, los estadios llenos y las transmisiones globales, existe una maquinaria económica capaz de mover miles de millones de dólares, redefinir ciudades enteras y transformar la imagen internacional de un país. Organizar un Mundial ya no es únicamente una cuestión deportiva, se trata de una apuesta geopolítica, financiera y de posicionamiento global.

Con el paso del tiempo, ser anfitrión del torneo se ha convertido en una tarea cada vez más costosa. Los países sede destinan inversiones multimillonarias a infraestructura, estadios, transporte, seguridad y renovación urbana. Catar, por ejemplo, destinó cerca de 200 mil millones de dólares para la edición de 2022, convirtiéndose en el Mundial más caro de la historia. Rusia invirtió alrededor de 16 mil millones en 2018; Brasil, 19.7 mil millones en 2014; y Sudáfrica, aproximadamente 7.2 mil millones en 2010.

Aunque las cifras suelen generar debate, especialmente por el impacto sobre las finanzas públicas, los beneficios inmediatos pueden ser significativos. La llegada masiva de turistas, patrocinadores, medios de comunicación y marcas internacionales impulsa el consumo, la ocupación hotelera y la actividad comercial de forma acelerada.

De acuerdo con Plus500, durante la Copa del Mundo de 1994 en Estados Unidos, tan solo la ciudad de Los Ángeles generó 623 millones de dólares en derrama económica. Otras sedes como Nueva York, Boston y San Francisco superaron conjuntamente los mil millones. Los ingresos hoteleros crecieron 10%, mientras que las ventas de alimentos y bebidas aumentaron 15% frente al año anterior. Más allá del espectáculo deportivo, el torneo confirmó el enorme potencial comercial del futbol en uno de los mercados más importantes del mundo.

Alemania también encontró en el Mundial de 2006 una plataforma de crecimiento económico y reputacional. El torneo generó alrededor de 2.2 mil millones de euros, impulsados principalmente por el turismo, la venta de entradas y la inversión en infraestructura. Ciudades como Berlín y Múnich aprovecharon el evento para acelerar proyectos de movilidad, modernizar espacios urbanos y fortalecer su atractivo como destinos internacionales de negocios y turismo.

Sin embargo, el verdadero valor de una Copa del Mundo suele medirse después del silbatazo final. En algunos casos, el legado económico y cultural puede extenderse durante décadas. Tras organizar el torneo de 1994, Estados Unidos lanzó la Major League Soccer en 1996, detonando el crecimiento del futbol profesional, las ligas juveniles y una industria multimillonaria alrededor del merchandising y los derechos de transmisión.

Incluso ganar la Copa puede generar un efecto económico inesperado. Diversos estudios señalan que los países campeones experimentan un aumento promedio de 0.48 puntos porcentuales en el PIB durante los dos trimestres posteriores al triunfo. El fenómeno suele explicarse por un incremento en la confianza del consumidor, mayor exposición internacional y un mejor desempeño de ciertas exportaciones vinculadas al entusiasmo nacional.

¿Qué significa para el aficionado mexicano el Mundial?

En México, el Mundial nunca ha sido solamente futbol. Es memoria, herencia y una emoción que se transmite entre generaciones como si se tratara de una vieja historia familiar contada una y otra vez frente al televisor, en la sobremesa o en la tribuna. 

Y quizá por eso, cada vez que el Mundial vuelve a tocar territorio mexicano, la ilusión se siente distinta. Como si el país supiera que aquí, entre el ruido de las tribunas y el eco de los estadios, el futbol acostumbra transformarse en eternidad.

México fue anfitrión en 1970 y 1986. Dos ediciones que no solo marcaron al futbol mexicano, sino que dejaron momentos imborrables para el deporte a nivel internacional. No es casualidad que muchos aficionados sigan hablando de aquellos torneos con una mezcla de nostalgia y orgullo, como quien recuerda un verano irrepetible.

En Guadalajara, en el Estadio Jalisco, el mundo vio una jugada que todavía hoy parece imposible. El inglés Gordon Banks realizó la famosa “Atajada del Siglo” tras un cabezazo de Pelé el 7 de junio de 1970. Hay quienes aún cuentan que aquel disparo ya se celebraba como gol antes de que Banks volara para cambiar la historia con una mano milagrosa. Esa escena quedó grabada para siempre en la memoria colectiva del futbol.

Ese mismo Mundial entregó otro capítulo inmortal. La semifinal entre Italia y Alemania Federal, disputada en el entonces llamado Estadio Azteca de la Ciudad de México, fue bautizada como el “Partido del Siglo”. Un duelo dramático, agotador, humano. Franz Beckenbauer jugó con el hombro dislocado porque su selección ya no tenía cambios disponibles. Italia ganó 4-3 en tiempos extra, pero aquella noche el resultado terminó siendo lo de menos. Lo que sobrevivió fue la leyenda.

Y si 1970 parecía imposible de superar, 1986 volvió a convertir a México en el centro emocional del futbol. El mundo entero vio en el Azteca el polémico gol de la “Mano de Dios”, firmado por Diego Maradona ante Inglaterra. Minutos después, el argentino marcó también el llamado “Gol del Siglo”, dejando una de las actuaciones más icónicas en la historia de los Mundiales. Dos jugadas eternas en un mismo partido y en un mismo estadio. Como si el Azteca tuviera la capacidad de atraer lo imposible.

Pero aquel Mundial también regaló uno de los momentos más queridos para México. Manuel Negrete marcó ante Bulgaria un gol de tijera que terminó convertido en símbolo nacional. No solo por su belleza, sino porque representó el orgullo de una selección que avanzaba en casa mientras millones soñaban juntos.

Por eso, cuando se habla de otro Mundial en México, la conversación rebasa el deporte. Hay una sensación difícil de explicar, una esperanza colectiva de volver a ser testigos de algo que quede suspendido en el tiempo. De volver a mirar la historia pasar frente a nuestros ojos. 

Y ahora, mientras el histórico Estadio Azteca se prepara para escribir una nueva página, y ciudades como Guadalajara y Monterrey vuelven a imaginarse llenas de banderas, idiomas y emociones, existe una ilusión silenciosa entre los aficionados. La posibilidad de que, entre tantas selecciones, tantas figuras y tantos partidos, vuelva a ocurrir algo irrepetible.

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