El Mundial de 2026 será el más grande en la historia de la FIFA. Pero más allá de los estadios, las transmisiones y la derrama económica, el torneo también revelará algo que durante décadas permaneció fuera del radar de la industria deportiva: el peso económico, social y cultural de las mujeres dentro del ecosistema del futbol.
Un reciente estudio realizado por La Labó, basado en una encuesta nacional a 1,500 mujeres mexicanas entre enero y marzo de 2026, muestra que el futbol dejó de ser únicamente un territorio masculino en términos de consumo. Aunque solo 20.6% de las encuestadas se considera aficionada habitual al futbol, seis de cada 10 planean ver algunos partidos del Mundial y tres de cada 10 lo harán si se presenta la ocasión.
Esto significa que el Mundial no se vive necesariamente como un evento deportivo, sino como un fenómeno social. Lo que las atrae no es únicamente el juego, sino la convivencia, el ritual colectivo y la experiencia compartida con familia, amistades o pareja.
De acuerdo con el reporte, 88% de las mujeres decide o coparticipa en el gasto del hogar durante el Mundial, mientras que 43% tiene la última palabra sobre las compras relacionadas con el evento. El consumo se concentra en alimentos, bebidas, reuniones sociales, streaming y artículos simbólicos como jerseys o playeras. Es decir, el Mundial se monetiza mucho más allá del estadio.
La FIFA proyecta ingresos por 10 mil 900 millones de dólares para esta edición, 56% más que en Qatar 2022. Parte de ese crecimiento está sostenido por una audiencia femenina que quizá no se reconoce como fanática tradicional, pero sí como consumidora activa del evento.
Por otra parte, el estudio revela que 42.5% de las mujeres considera que el Mundial traerá más costos que beneficios para México. Entre las principales preocupaciones aparecen el caos vial, el aumento de precios, la inseguridad y el uso de recursos públicos.
Es decir, incluso entre quienes creen que el torneo tendrá efectos negativos, casi una cuarta parte planea aumentar su gasto durante la competencia. El Mundial genera una relación de consumo compleja, menos emocional y más consciente de sus contradicciones.
La investigación también pone sobre la mesa un tema incómodo para la industria deportiva: las barreras estructurales que siguen enfrentando las mujeres en los espacios futboleros. Seis de cada 10 encuestadas afirman haber vivido algún tipo de violencia relacionada con el futbol, desde comentarios condescendientes hasta cuestionamientos sobre su conocimiento del deporte o situaciones de incomodidad y acoso. Aun así, 62.5% considera que estos espacios son hoy más incluyentes que antes.
La explicación no necesariamente habla de inclusión plena, sino de normalización. Las mujeres han aprendido a habitar un espacio históricamente masculinizado aun cuando implica costos simbólicos y sociales para pertenecer.
A eso se suma otra variable poco discutida: el tiempo. Para muchas mujeres, ver el Mundial no representa ocio espontáneo, sino tiempo negociado. El estudio documenta que 60% deberá reorganizar actividades, responsabilidades o cuidados para poder seguir los partidos.
Quizá el hallazgo más relevante del reporte es que la industria del futbol sigue sin comprender del todo a esta audiencia. Las mujeres ya forman parte central de la economía del Mundial, pero no necesariamente desde los códigos tradicionales de la afición masculina.

