La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) que está por suceder se perfila como uno de los momentos más decisivos para el futuro económico de la región. Aunque formalmente se trata de una evaluación contemplada dentro del propio acuerdo, para empresas e inversionistas representa mucho más que un trámite, se trata de una prueba para medir la fortaleza de Norteamérica frente a un entorno global cada vez más competitivo.
La revisión del tratado ocurre además en un contexto marcado por tensiones comerciales, políticas proteccionistas, una creciente competencia global por atraer inversiones manufactureras, y sin duda, el factor Trump, quien ha utilizado el acuerdo como una moneda de cambio para presionar a favor de sus propuestas políticas, migratorias, y por supuesto, económicas.
La posibilidad de modificaciones en las reglas de origen, los mecanismos de supervisión comercial o los controles fronterizos ya está provocando que numerosas compañías revisen sus planes de expansión e inversión. Para muchas industrias, la incertidumbre se ha convertido en un factor tan importante como los costos de operación.
Nearshoring bajo examen
En los últimos años, México se consolidó como uno de los principales beneficiarios del nearshoring. La necesidad de acercar la producción al mercado estadounidense impulsó la llegada de inversiones manufactureras y fortaleció el papel del país dentro de las cadenas de suministro regionales.
Sin embargo, el atractivo de México ya no depende únicamente de su ubicación geográfica o de los costos laborales. La discusión ha evolucionado hacia factores más complejos, como la disponibilidad de infraestructura, la capacidad energética, la eficiencia de las aduanas y la certeza para los inversionistas.
La competencia por atraer capital es cada vez más intensa y los proyectos de gran escala requieren condiciones que garanticen estabilidad durante décadas. Por ello, el reto ya no es solamente captar nuevas fábricas, sino desarrollar ecosistemas logísticos capaces de sostener operaciones más sofisticadas y de mayor valor agregado.
A esto se añaden retos que van más allá de la infraestructura y la logística. La seguridad sigue siendo un factor relevante en la toma de decisiones de inversión, especialmente para compañías que buscan establecer operaciones en nuevas regiones del país, las cuales en ocasiones están controladas por el narco. Asimismo, la percepción sobre la certidumbre jurídica ha cobrado mayor relevancia en los últimos años, ya que las empresas requieren marcos regulatorios estables y previsibles para desarrollar proyectos de largo plazo y mantener la confianza de los mercados.
Competir como una sola región
Uno de los principales aprendizajes de los últimos años es que Norteamérica ya no compite como tres economías independientes. Sectores estratégicos como el automotriz, manufacturero, tecnológico y de consumo operan mediante cadenas de suministro altamente integradas que atraviesan constantemente las fronteras de México, Estados Unidos y Canadá.
Bajo esta lógica, la competitividad regional depende cada vez menos de incentivos aislados y más de la capacidad conjunta para ofrecer infraestructura moderna, procesos eficientes, certidumbre regulatoria y cadenas de suministro resilientes.
La revisión del T-MEC representa, en ese sentido, una oportunidad para fortalecer la integración económica de la región. Pero también pone sobre la mesa las debilidades que aún persisten y que podrían limitar la llegada de nuevas inversiones frente a otros mercados emergentes.