Diciembre suele ser el mes de las metas cumplidas y las celebraciones corporativas, pero detrás del brillo de las festividades se esconde una realidad que golpea silenciosamente los estados de resultados: la caída sistémica de la productividad. Mientras el consumo externo se acelera, la maquinaria interna de las empresas experimenta un fenómeno de fricción que combina el ausentismo físico con una forma más insidiosa de desconexión, el absentismo emocional.
El Costo de la Silla Vacía
El ausentismo decembrino no es una casualidad estadística. En la región, las ausencias no planificadas suelen incrementarse entre un 15% y un 25% durante las últimas tres semanas del año. Este fenómeno no solo afecta la línea de producción o el servicio al cliente; genera un efecto dominó donde el personal remanente sufre una sobrecarga que degrada el clima laboral justo antes de iniciar un nuevo ciclo fiscal.
Este incremento responde a una mezcla de factores: la presión de los compromisos familiares, la logística de las festividades y, en muchos casos, un uso reactivo de los días de descanso acumulados para evitar el agotamiento absoluto o burnout.
El Fenómeno del Presentismo Cognitivo
Más allá de quienes no asisten a la oficina, existe un desafío mayor: aquellos que están, pero no producen. El presentismo cognitivo en diciembre se manifiesta cuando la atención del colaborador está fragmentada por el estrés financiero del cierre de año, la planificación personal y el agotamiento acumulado de los once meses previos.
La «dictadura de lo urgente» que suele imponerse en los cierres anuales solo agrava el problema. Cuando todo es prioridad, nada lo es, y el equipo tiende a refugiarse en tareas operativas de bajo valor, postergando la toma de decisiones estratégicas para «después de las fiestas».
Hacia una Gestión de Empatía Operativa
Para revertir esta tendencia, las organizaciones de alto rendimiento están migrando del control punitivo a la flexibilidad estratégica. El liderazgo moderno entiende que combatir la naturaleza estacional de diciembre con rigidez es una batalla perdida.
Flexibilidad por Objetivos: Permitir horarios escalonados o días de «desconexión total» a cambio de metas cumplidas reduce la necesidad del empleado de recurrir a la falta injustificada.
Limpieza de Agenda: Los líderes deben tener la valentía de auditar las tareas de diciembre y mover proyectos no críticos a la segunda semana de enero, liberando carga mental para lo que realmente importa: el cierre fiscal y la planeación.
Celebración con Propósito: Transformar el evento navideño de una obligación social a un espacio de reconocimiento genuino que recargue el capital emocional del equipo.

La crisis de productividad en diciembre es un síntoma de un modelo de trabajo que a menudo ignora los ciclos humanos. Las empresas que logran navegar este mes con éxito no son las que imponen medidas disciplinarias más severas, sino las que integran la estacionalidad en su modelo de negocio, transformando el cierre de año en un trampolín de energía, y no en un foso de agotamiento.