A medida que avanzamos en el primer trimestre de 2026, la divergencia entre las economías de Canadá y el Reino Unido ha dejado de ser una anomalía estadística para convertirse en un estudio de caso sobre resiliencia estructural frente a vulnerabilidad sistémica. Mientras Ottawa gestiona una estabilización que coquetea con el objetivo del 2%, Londres se encuentra atrapada en una inflación de servicios que se resiste a ceder, a pesar de las políticas restrictivas más severas de la última década.
El Triunfo de la Normalización y el Desafío Demográfico
La economía canadiense ha logrado lo que muchos consideraban un aterrizaje suave. Al cierre de diciembre de 2025, la inflación general se situó en un 2.4%. Aunque esta cifra representó un ligero repunte frente al 2.2% de noviembre —explicado por efectos base y la volatilidad en los precios de los alquileres (+4.9%)—, la tendencia subyacente es de control. El Banco de Canadá (BoC) ha capitalizado su autosuficiencia energética para blindar a su sector industrial, permitiendo que la inflación de materias primas e industria se mantenga en terreno negativo o estable.

Sin embargo, el éxito canadiense tiene un matiz de cautela en el mercado laboral. Con la tasa de interés en el 2.25%, el BoC observa cómo la tasa de desempleo ha escalado ligeramente. No se trata de una crisis de despidos, sino de una incapacidad temporal de absorber el flujo migratorio récord en un mercado que se enfría. Esta holgura laboral ha sido el ingrediente secreto para frenar la espiral salarial, permitiendo que el gobernador Tiff Macklem mantenga el timón firme sin asfixiar el consumo privado.
La Encrucijada de los Servicios y la Herencia Estructural
El panorama en las islas británicas es sensiblemente más complejo. El Reino Unido inició 2026 con una inflación general del 3.4%, consolidándose como el rezagado del G7. La raíz del problema británico ya no es el precio del gas —que se ha estabilizado— sino una combinación persistente de precios administrados y una inflación en el sector servicios que se mantiene férrea por encima del 4.5%.

El Banco de Inglaterra (BoE) se encuentra en una encrucijada. Con tipos en el 3.75%, el costo del capital está limitando el crecimiento —proyectado en apenas un 1.4% para 2026 según la OBR—, pero la rigidez del mercado laboral y los costos comerciales post-Brexit impiden una relajación monetaria agresiva. La economía británica parece estar operando bajo una inflación de carácter endógeno, donde la estructura de costos interna se ha indexado a niveles de crisis, dificultando el retorno al objetivo del 2% hasta bien entrado 2027.
Mientras que Canadá ha logrado una estabilización mediante una gestión de la oferta y una política migratoria que ha inyectado la holgura laboral necesaria para frenar los salarios, el Reino Unido permanece atrapado en una inercia más profunda. Esta disparidad evidencia que la resiliencia canadiense es el resultado de una flexibilidad de la que el mercado británico, aún lastrado por fricciones comerciales y una productividad estancada, todavía carece. Para el inversor estratégico, Canadá representa hoy una apuesta por la normalización, mientras que el Reino Unido exige una prima de riesgo por su volatilidad persistente.