El amanecer de un nuevo orden El 4 de enero de 2026 quedará marcado en los libros de historia como el día en que la geopolítica del hemisferio occidental cambió para siempre. La ejecución de la «Operación Resolución Absoluta» por parte de las fuerzas especiales de Estados Unidos, que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a una prisión federal en Nueva York, no solo ha descabezado al régimen chavista tras trece años de hegemonía, sino que ha detonado una crisis diplomática de escala global. Lo que Washington presenta como un acto de justicia largamente esperado, para el resto de las capitales mundiales representa un dilema existencial, la colisión entre la urgencia de restaurar la democracia y el pánico ante el fin del Derecho Internacional tal como lo conocíamos.
El eje de la condena: Rusia, China y el secuestro internacional
Desde Moscú y Pekín, la respuesta ha sido una ráfaga de hostilidad diplomática. El Kremlin calificó el operativo como un «secuestro internacional» y una «agresión armada» que desprecia la soberanía de los estados. Para Rusia, la caída de su aliado estratégico en el Caribe es una afrenta directa que exige, en sus palabras, «pruebas de vida inmediatas» y la liberación de Maduro. Por su parte, la diplomacia china ha denunciado el «comportamiento hegemónico» de la administración Trump, advirtiendo que este tipo de intervenciones unilaterales no solo amenazan la paz en América Latina, sino que invalidan la estatura moral de Estados Unidos ante el mundo.

La Unión Europea: El laberinto de la legitimidad
En Bruselas, el sentimiento es de una profunda incomodidad. La jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, tras conversar con el secretario de Estado Marco Rubio, ha hecho un llamado desesperado a la «contención». Países como España y Alemania han adoptado posturas quirúrgicas: aunque no reconocen la legitimidad del régimen caído, el ministro español José Manuel Albares calificó la intervención militar como un «peligrosísimo precedente». La preocupación europea radica en que la «ley del más fuerte» se imponga sobre el multilateralismo, dejando a la Unión en la difícil posición de no poder reconocer un cambio de mando nacido de una invasión militar, a pesar de su histórico rechazo a la dictadura chavista.

Latinoamérica fracturada: De la euforia de Milei al rechazo de Boric
El continente se ha convertido en un espejo de la polarización global. Mientras Javier Milei en Argentina y Daniel Noboa en Ecuador celebran la caída del «narcodictador» como el fin de una era de opresión, líderes como Lula da Silva en Brasil y Claudia Sheinbaum en México han formado un bloque de rechazo categórico. Lula ha calificado el operativo como una «afrenta gravísima» que recuerda los peores años de intervencionismo en la región. Mención aparte merece Gabriel Boric en Chile; a pesar de haber sido el crítico más feroz de Maduro en la izquierda regional, Boric condenó enérgicamente la acción estadounidense, sentenciando que «hoy es Venezuela, pero mañana podría ser cualquier otro», defendiendo la soberanía como la única garantía de los países pequeños ante las grandes potencias.
La incertidumbre del Día Después
La captura de Maduro no ha traído la paz inmediata, sino una calma tensa cargada de interrogantes. Con Delcy Rodríguez intentando mantener el control interno y Donald Trump insinuando que Estados Unidos podría «gobernar Venezuela» hasta asegurar una transición apropiada, el futuro del país es hoy un lienzo en blanco custodiado por fusiles extranjeros. La comunidad internacional se enfrenta ahora a la tarea de reconstruir un puente diplomático que ha quedado dinamitado. El éxito de esta nueva etapa no se medirá por la eficiencia del operativo militar, sino por la capacidad de las naciones para evitar que el vacío de poder en Caracas se convierta en una herida abierta que desestabilice a todo el continente por el resto de la década.