El colapso del cordón umbilical bolivariano
La arquitectura de supervivencia que sostuvo al sistema cubano durante las últimas dos décadas se ha desintegrado. Tras la caída del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, Cuba ha perdido su principal fuente de subsidio energético y financiero, enfrentándose a un aislamiento económico que supera la severidad del Periodo Especial de los años noventa. En este contexto, Washington ha identificado que el gobierno de La Habana no es solo un vestigio ideológico, sino un «sistema fallido» que proyecta inestabilidad hacia todo el hemisferio. La actual administración estadounidense ha pasado de la contención a una estrategia de asfixia activa, entendiendo que el momento de vulnerabilidad actual del régimen cubano es la oportunidad histórica para cerrar el ciclo de influencia comunista en el Caribe.
La geopolítica de la intrusión: Rusia y China en el patio trasero
Desde una perspectiva de seguridad nacional profunda, el peligro de Cuba para Estados Unidos en 2026 trasciende el plano diplomático y se inserta en la competencia entre grandes potencias. La Habana, en su desesperación por obtener divisas y tecnología para mantener el control social, ha profundizado sus lazos con Moscú y Pekín, permitiendo que la isla funcione como una plataforma de vigilancia y guerra híbrida. Para el Pentágono, la consolidación de activos de inteligencia rusos o infraestructuras críticas bajo control chino a solo 145 kilómetros de Florida es una línea roja innegociable. Cuba ya no es vista como una nación soberana aislada, sino como un «portaviones ideológico» y de inteligencia que potencias externas utilizan para desafiar la hegemonía estadounidense en su propia zona de influencia.
El arma de la migración y la fragilidad interna
El mayor riesgo estratégico que enfrenta Washington no es solo la hostilidad de La Habana, sino su potencial implosión descontrolada. La crisis de servicios básicos, el colapso de la red eléctrica nacional y la escasez crónica de alimentos han creado una caldera social que el gobierno cubano ha aprendido a utilizar como válvula de escape: la migración masiva. Para Estados Unidos, un éxodo desordenado en 2026 no es solo una crisis humanitaria, sino una amenaza a la estabilidad interna de estados clave como Florida. El dilema de la política exterior actual es cómo forzar la caída del sistema sin provocar un vacío de poder que convierta al Estrecho de la Florida en un corredor de caos migratorio y criminalidad transnacional difícil de gestionar.
Hacia una política de resolución final
Finalmente, la realidad de 2026 sugiere que Estados Unidos ya no busca la reforma, sino el reemplazo. La presión ejercida por figuras clave de la administración actual indica que Cuba ha pasado a ser el «problema número uno» en la agenda regional, por encima de los desafíos en Centroamérica. Sin embargo, el éxito de esta postura dependerá de la capacidad de Washington para gestionar las cenizas del colapso. La pregunta fundamental que subyace en este análisis es si Estados Unidos está preparado para el «día después» de una eventual caída del régimen cubano, o si la desaparición de la dictadura abrirá un periodo de inestabilidad que requerirá una intervención económica y política de dimensiones que el país aún no ha terminado de calcular.
